El perfume de cada uno es algo muy personal, una carta de presentación que dice mucho sobre nuestra esencia y personalidad. Con la llegada del mes de mayo y su olor a flores primaverales, tenemos la excusa perfecta para pararnos y apreciar cada uno de estos aromas.
Pero, no solo nosotros nos expresamos a través del olor, sino que cada vino también tiene su propio aroma, con un sello de identidad que lo hace único. ¿Alguna vez te has preguntado por qué el Aire de Protos tiene un olor afrutado? ¿O por qué el Protos Sauvignon Blanc huele a cítricos mientras que el Carroa destaca por la vainilla y especias?
En este post de Protos te contamos cómo nacen los aromas del vino y qué hace que cada uno tenga su propia personalidad.
Como el buen vino, todo empieza en los viñedos. Las uvas ya cuentan con compuestos naturales que perfuman el vino desde el comienzo. Estos varían según la variedad de la uva y, lo largo de la vendimia, adoptan un aroma u otro en función del terreno, el clima y la propia maduración de la uva. Por lo general, estos olores se dividen en: frutales, vegetales, florales y minerales.
Ejemplo de ello es el Aire de Protos, donde destacan los aromas de fruta blanca, melocotón, cítricos y frutos rojos. Un vino afrutado que nace de las propias variedades de uva y de las características del viñedo.

Durante la fermentación llega el momento crucial para el buen perfume del vino. En esta fase, no solo el azúcar se transforma en alcohol, sino que las levaduras actúan sobre los compuestos de la uva y ayudan a activar y potenciar los aromas. Aquí entran en juego aspectos como la temperatura o la forma en la que el vino se elabora y se conserva.
Esto se aprecia muy bien en el Protos Sauvignon Blanc. Su olor característico a herbáceos y cítricos son parte de la variedad Sauvignon Blanc, pero gracias a una fermentación a baja temperatura y al trabajo sobre lías, esos matices se mantienen y se potencian aún más.

La tercera y última gota de perfume la pone la crianza del vino. Es aquí cuando, gracias al contacto con la barrica y la evolución del vino con el oxígeno, se desarrollan notas tan particulares como la vainilla, el clavo, o toques más ahumados y tostados.
En vinos como Carroa, su crianza en roble francés es lo que le aporta notas de vainilla, coco, especias, cedro y finos tostados, que se combinan con el propio aroma de la variedad de la uva.
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Como hemos visto, detrás de cada copa de vino se esconde mucho más que un simple aroma. Cada nota afrutada, cítrica o tostada es el resultado de un proceso realizado con cuidado, cariño y detalle, donde la uva, el viñedo, la fermentación y la crianza trabajan juntos para crear un perfume único. Porque, igual que las personas, no hay dos vinos que huelan exactamente igual.