Septiembre, enero, o el día en que se acaba ese viaje que llevabas meses esperando. La vuelta es siempre parecida: maletas a medio deshacer, correo acumulado, el primer madrugón, el tupper que sustituye al chiringuito o al mercado de la ciudad nueva. No hace falta exagerar para admitirlo: cuesta.
Pero la mesa puede ayudar más de lo que parece. No se trata de convertir la cocina en terapia ni el vino en remedio milagroso, sino de algo más sencillo: reservar un rato, elegir qué se come y qué servimos en la copa, y construir pequeños rituales que hagan del regreso algo más amable. Desde esa lógica, tiene sentido pensar cómo superar la vuelta de vacaciones con planes sencillos que dialoguen bien con algunos vinos de Protos.
La primera semana de vuelta suele estar llena de buenas intenciones: comer mejor, ordenar horarios, reducir excesos. Un punto de equilibrio podría ser recuperar algo de cocina vegetal sin renunciar a que la cena tenga cierto aire de celebración discreta.
Un bandeja de verduras al horno: puerros, zanahorias, calabaza, cebolla, alguna patata pequeña. Todas ellas bien aliñadas con aceite de oliva, hierbas y un toque de horno lento, tiene algo reconfortante. Da trabajo mínimo y llena la cocina de olor a casa.
Ahí un blanco como Aire de Protos funciona como compañero natural. Su frescura, la acidez bien marcada y el perfil aromático limpio acompañan bien la dulzura de las verduras asadas y equilibran la sensación de “empiece de rutina” con un gesto ligero. No hace falta más: un plato de diario cuidado, una copa que refresca y un rato sin pantallas que marque la frontera entre el día de trabajo y la noche.

Hacia mitad de la semana, la energía suele bajar. Los días de vacaciones parecen haberse ido hace siglos, el cuerpo pide algo más contundente y la cabeza agradece una comida que no exija demasiada técnica.
Una buena pasta —por ejemplo, con una salsa de tomate trabajada a fuego lento, algo de verdura de temporada y un punto de queso curado rallado al final. No es un plato “de fiesta”, pero si se hace con calma y buenos ingredientes, se convierte en un paréntesis.
Un tinto como Protos Roble encaja bien con ese tipo de cena. La fruta nítida, la crianza breve y los taninos amables acompañan la intensidad del tomate, la grasa del queso y la textura de la pasta sin imponerse. Es un vino que no obliga a alargar la velada, pero que permite, si la conversación lo pide, quedarse un rato más en la mesa. Para muchos, ese pequeño margen es parte de la forma de superar la vuelta de vacaciones sin tener que esperar al fin de semana.

Hay un momento clave en cualquier regreso: el primer domingo completo en casa. Es el día de lavadoras, de listas de tareas, de revisar calendario… y también el día en el que conviene recuperar la sensación de hogar más allá de la logística.
Encender el horno ayuda. Un pollo asado con hierbas, unas patatas panaderas, un trozo de lomo al horno con verduras o cualquier receta que permita dejar que el tiempo haga parte del trabajo, tiene algo de ceremonia doméstica. Mientras la casa se llena de olor, la idea de que las vacaciones terminaron del todo se hace más asumible.
En ese escenario, un tinto con más estructura, como Protos 3er Año, encuentra su sitio. La combinación de fruta madura, acidez suficiente y taninos pulidos sostiene bien platos de horno, carnes jugosas y salsas que se van reduciendo.

Otra forma de superar la vuelta de vacaciones es dejar de vivirla en singular. Quedar con amigos para intercambiar anécdotas de viajes, compartir fotos, reírse de los pequeños desastres logísticos y de las casualidades del verano ayuda a que el regreso sea menos brusco.
En lugar de una cena formal, puede bastar un picoteo cuidado: panes distintos, algo de embutido, quesos de intensidad media, alguna conserva de calidad, un par de ensaladas sencillas. Lo importante es que la mesa invite a ir picando mientras la conversación fluye.
Un vino como Protos 9 meses tiene el carácter adecuado para ese tipo de encuentro. Su fruta franca, el nervio en boca y la crianza medida hacen que responda bien a la variedad del picoteo sin monopolizar el protagonismo. Además, su condición ecológica conecta con cierta sensibilidad que muchos refuerzan tras el verano: cuidado del entorno, atención a los orígenes, decisiones más conscientes.

A veces la mejor manera de aceptar que las vacaciones han terminado es recuperar en casa algo de la cocina del lugar que se ha visitado: un guiso que probaste en el norte, un plato especiado de un viaje más lejano, una receta sencilla de mercado que te sorprendió.
Recrear ese plato, adaptándolo con los ingredientes disponibles, exige un poco más de tiempo, pero también prolonga la experiencia. No es lo mismo que estar allí, pero sí una forma de volver sobre ese recuerdo con otros ojos.
Cuando el menú sube un peldaño y pide un vino que esté a la altura, un tinto de capas como Protos 27 tiene sentido. Es un vino de detalle, pensado para leerse despacio: fruta precisa, crianza bien integrada, estructura suficiente para acompañar platos más complejos, ya sean de carne o de cocina vegetal trabajada.

La vuelta de vacaciones no se puede evitar, pero sí se puede modular. Más allá de agendas y alarmas, la forma de comer y beber en esas primeras semanas dice mucho de cómo decidimos retomar el ritmo. Reservar un rato para cocinar algo distinto, descorchar una botella con intención, invitar a alguien a compartir mesa o recrear un sabor del viaje son gestos pequeños, pero eficaces.
Protos puede estar presente en algunos de esos momentos: en un blanco que aligera un lunes, en un tinto que sostiene un domingo de horno, en una botella especial que prolonga un viaje. Al final, se trata de eso: de entender que superar la vuelta de vacaciones no va de negar que se acabó el descanso, sino de construir nuevas escenas donde la rutina y el placer se sigan encontrando, también alrededor de una copa.