Un día como hoy, hace 25 años, la Asociación de Quesos del Terruño de Francia decidió rendir homenaje a uno de los alimentos más antiguos y versátiles del mundo: el queso. Desde entonces, cada 27 de marzo se ha convertido en una fecha señalada para los amantes de este alimento, que celebran degustaciones, ferias y todo tipo de iniciativas para poner en valor la tradición quesera.
En 2022, con motivo de esta efeméride, os hablábamos de maridajes entre vinos españoles y quesos de distintos orígenes. Este año queremos detenernos en algunas curiosidades sobre él.
Se estima que, en el mundo, se producen cerca de 22 millones de toneladas de queso cada año. La cifra da una idea de hasta qué punto hablamos de un alimento verdaderamente universal. Estados Unidos lidera hoy la producción mundial, mientras Europa sigue siendo uno de los grandes referentes queseros, tanto por volumen como por tradición. Entre todas sus variedades, la mozzarella es una de las variantes más producidas y consumidas del planeta, en buena parte por el peso que tiene la pizza en la alimentación global.
España también forma parte de ese mapa internacional del queso. Solo en 2023, su producción rondó las 612.000 toneladas, una cifra que confirma que el queso es más que un simple alimento más.

No todo el mundo lo sabe, pero existe una palabra concreta para referirse a las personas que sienten devoción por el queso: turófilo. La palabra viene del griego y une tyros – “queso”- con philos – “amor” o “afición”-. Ser turófilo no es solo disfrutar de comerlo, sino interesarse por sus características: la leche usada, los tipos de curaciones, las cortezas, las queserías…
Pero, a la amplia variedad de quesos, hay otra explicación de por qué hay gente completamente obsesionada con el queso: algunos investigadores creen que, durante la digestión, la caseína – una de las proteínas del queso- libera casomorfinas, compuesto que se asocia a una sensación de placer. Así que detrás de la turofilia hay cultura, curiosidad y un poco de biología.

Según la leyenda, este famoso queso azul se descubrió por el descuido de un pastor. Este pastor se había metido en una cueva a descansar y a merendar queso con pan cuando vio pasar a una chica. Fue detrás de ella, olvidándose tras de sí el almuerzo en la cueva. Al cabo de un par de semanas volvió con tanta hambre que no le importó que el queso estuviera mohoso, se lo comió. Para su sorpresa (y nuestro agradecimiento) le encantó. Desde entonces empezó a dejar todos sus quesos en las cuevas de la zona, cerca de la localidad francesa Roquefort – Sur- Soulzon.
Sea real o no la leyenda, lo interesante es que el roquefort quedó ligado a una combinación de azar, tiempo y lugar. Un queso nacido de un olvido romántico. Y, quizás, lo más interesante de él sean los beneficios para la salud.

Pocos alimentos reúnen tanta historia, variedad y capacidad para despertar pasiones como el queso. Quizá por eso ocupa un lugar privilegiado en fiestas, mercados y tiendas. Es una seña de identidad de muchos territorios y, a la vez, un alimento que cambia de forma, textura y sabor sin dejar de ser reconocible.