El 16 de enero se celebra el Día Internacional de la Croqueta, una excusa más que razonable para pensar en rellenos, bechameles y rebozados crujientes.
Hablamos de un bocado popular, ligado al bar de barrio, a las cocinas familiares y, por qué no decirlo, a nuestras abuelas. Precisamente por eso, pensar en vino para croquetas es un ejercicio interesante: la fritura, la grasa, la temperatura y el tipo de relleno condicionan mucho cómo se comporta la copa.
A partir de ahí, podemos recorrer algunos rellenos clásicos y ver qué vinos de Protos dialogan mejor con cada uno.
Si hay una croqueta que representa a casi todas es la de jamón. Bechamel cremosa, trocitos de jamón curado, rebozado dorado y ese punto salino que te deja con ganas de coger otra. Es un bocado graso, sabroso, pero no excesivamente pesado si está bien hecho.
Aquí funciona muy bien un tinto joven con algo de crianza, como Protos Roble. La fruta nítida, los taninos amables y el paso por barrica breve aportan estructura suficiente para limpiar la sensación grasa sin imponerse al sabor del jamón. La acidez refresca el paladar entre croqueta y croqueta, y el punto de madera acompaña el carácter curado sin llevarlo al terreno de la intensidad extrema.

Es un maridaje que respeta la esencia de barra: croqueta, conversación y un vino que acompaña sin pedir foco absoluto.
Las croquetas de cocido, de carne estofada o de rabo de toro juegan en otra liga. El relleno concentra un guiso previo: colágeno, gelatinas, fondos reducidos. La bechamel es apenas el vehículo de una intensidad que recuerda al plato de cuchara original.
En este caso, el vino para croquetas necesita más estructura. Un Protos 3 año encaja por varias vías: la fruta madura sostiene la potencia del guiso, los taninos pulidos se llevan bien con las texturas melosas y la crianza aporta notas de especias y tostados que dialogan con el fondo oscuro del relleno.

Es el tipo de croqueta que podría sentarse perfectamente en una comida de domingo, al lado de otras fuentes de asado. El 3er Año no llega a “vestir de gala” la croqueta, pero sí la sitúa en un marco más amplio: el de una cocina de aprovechamiento que se toma en serio.
En el polo opuesto están las croquetas marineras: bacalao, merluza, gambas, marisco mezclado con pescados blancos. Son bocados donde el salino manda, la textura suele ser más ligera y lo que importa es que el sabor del mar no se pierda bajo la fritura.
Aquí la lógica cambia: mejor mirar hacia el blanco. Un vino como Aire de Protos, fresco, con buena acidez y un perfil aromático limpio, funciona muy bien con croquetas de bacalao o de pescado blanco. La acidez corta la grasa del rebozado y realza la sensación salina del relleno; la parte aromática acompaña sin enmascarar.

Si el relleno sube un punto en intensidad (croquetas de marisco con sabores más marcados y fondos más concentrados), un blanco de más peso como Protos Verdejo, con su tensión y su carácter frutal y herbal, también puede ser una opción interesante. En ambos casos, el frío moderado en la copa ayuda: suficientemente fresco para refrescar, pero no tanto como para congelar los aromas.

Otra mítica: la de setas, boletus o con un toque de trufa. Estas se mueven en registros aromáticos muy concretos: tierra húmeda, frutos secos, notas casi de bosque. Suelen ser cremosas, con una bechamel que envuelve, y un relleno que deja un recuerdo largo.
Ahí un tinto con nervio y fruta franca, como Protos 9 meses (ecológico), encuentra un terreno natural. La acidez viva limpia el paladar tras la cremosidad y permite que el siguiente bocado vuelva a ser preciso; el perfil de fruta roja y negra y la crianza medida dan una base sobre la que las notas de setas y trufa se apoyan sin resultar pesadas.

Además, la procedencia ecológica del vino conecta de manera casi intuitiva con ese universo de tierra y bosque que evocan las setas. Es un maridaje que funciona tanto en un bar que cuida la materia prima como en una mesa de casa donde se abre la temporada de boletus.
Cuando hablamos de croquetas de queso entramos en una zona de riesgo controlado. Son bocados muy marcados, donde la sal, la grasa y el carácter propio del queso pueden arrinconar a muchos vinos.
En el caso de quesos suaves o de pasta semicurada, un tinto como Carroa, con su fruta nítida, textura precisa y una elegancia castellana muy reconocible, puede acompañar con soltura: tiene suficiente personalidad para no desaparecer, pero no intenta competir cuerpo a cuerpo con el queso.

Si el relleno se centra en quesos azules o en mezclas de intensidad alta, el maridaje se convierte casi en un pulso. Ahí tiene sentido considerar un vino de más capa como Protos 27, siempre que el contexto lo pida: una ración pequeña, compartida, más en clave de degustación que de tapeo sin fin. La estructura, el tanino fino y la profundidad aromática pueden sostener el cara a cara con el azul, pero conviene asumir que no será un maridaje para todos los paladares.

Aunque el relleno marca buena parte del carácter de la croqueta, no hay que olvidar el resto: la bechamel, el rebozado, la temperatura a la que llega a la mesa. Toda croqueta combina grasa, crujiente y calor, tres elementos que el vino tiene que saber gestionar.
Por eso, más allá de etiquetas y nombres propios, hay algunas ideas que ayudan: buscar vinos con acidez suficiente para refrescar, evitar tintos excesivamente duros o alcohólicos que hagan pesada la fritura, y reservar los vinos más complejos para rellenos que de verdad lo soporten. La gracia está en que la croqueta siga siendo croqueta —popular, cercana, apetecible— y el vino la acompañe sin disfrazarla.
En el fondo, celebrar el Día Internacional de la Croqueta con una copa de Protos cerca es una forma de reivindicar las dos cosas: una cocina que nació del aprovechamiento y hoy es casi un símbolo, y unos vinos que han aprendido a estar en muchas mesas sin necesidad de pedir foco absoluto. Entre una bandeja de croquetas bien hechas y una botella bien elegida hay, muchas veces, más afinidad de la que parece.